2/28/2026
Manual del anfitrión de la Corte Zamorana: entre el lujo y el “ya no puedo más, dame otra copa de vino y que todo ruede”
Recibir a nuestros amigos y familiares en Zamora durante la Pasión es un acto social que nos llena de satisfacción; es un ejercicio de alta diplomacia. Para ser el anfitrión perfecto en las altas esferas o al menos parecer que uno desciende directamente del marqués de las Marismas, hay que dominar el arte de la puesta en escena y la sutil despedida.
Lo primero es lo primero: si no puedes deslumbrar con tu linaje o tus escudos heráldicos… deslúmbralos. Saca la mejor artillería de casa, eso que solo ve la luz cuando el Barandales empieza a ensayar. La servilleta de hilo debe tener tanto almidón que, si se cae al suelo, se mantenga de pie e incluso pueda ocasionar una cornada envainada. El cristal ha de estar tan transparente que el invitado dude si hay copa o si el vino flota en el aire por obra del Espíritu Santo.
En Semana Santa, los menús deben ser sencillos, humildes, de aprovechamiento. Ya tendremos tiempo de vieiras con puré de apionabo y crema de aceituna negra, o de foie con reducción de Oporto. Ahora toca demostrar que nos gusta, lo disfrutamos y que somos anfitriones de Castilla y León y lo que eso significa: prudencia, sencillez, contención, arraigo… y nada de horteradas ni cursilerías. No olvidemos que somos la cuna de España. Es tiempo de sorprender con patatas a la importancia, fabada, huevos fritos… Eso sí, servidos en porcelana fina, que eleva el plato a categoría de manjar de Palacio Real. En la corte todo es más sencillo y humano; eso dice nuestro rey D. Juan Carlos I en sus memorias. Lo que no se tiene, se simula con elegancia arrolladora.
La generosidad zamorana ofrece hasta lo que no tiene, pero con la autoridad suficiente para impedir abusos. Dicen que somos parcos en ofrecimientos y comportamientos. Escuchamos, nos interesamos, aunque nos importe un rábano, y, sobre todo, evitamos ofender. Además, hemos perdido la mala costumbre de preguntar nada más llegar: ¿Cuándo te vas?, antes incluso de que el amigo haya dejado la maleta. A mí, cuando era joven, era sorprendentemente lo primero que me espetaban.
Haga gala de esa personalidad arrolladora que todos llevamos (aunque algunos la guarden en un cuarto oscuro). Cuéntales historias de la ciudad con ese aire de superioridad intelectual que da el haber nacido viendo pasar a nuestros artistas e intelectuales. Que sientan que estar contigo es un privilegio. Hay que tratarlos como reyes. Entrégales una bolsa con aceitadas para el viaje, un gesto de magnanimidad absoluta. Y recuérdales que el silencio de noviembre o febrero, con el rumor del Duero de fondo, es un privilegio que solo los zamoranos entendemos, porque nos permite meditar sobre la Pasión.
Si algo distingue al buen anfitrión zamorano estos días es su capacidad de mantener la percha de embajador mientras se maneja en el lodo de la multitud. Salir cada mañana con la prestancia de quien acude a un cóctel en la Embajada Francesa, pero con la cintura necesaria para sustituir el mignon de pato y el Moët por la religión del tapeo local.
La etiqueta para el vermú diario en las altas esferas de la capital del Duero dicta que el uniforme debe ser impecable y el estómago, de hierro. Cambiaremos las ostras por la tortilla del Bar El Chillón y el champán por la grasa bendita de los torreznos del Bar Cuadros. Ninguna recepción oficial supera unos tiberios en su salsa o las patatas del Bar Bambú, comidas con la elegancia de quien sostiene un canapé en el Elíseo pero con el hambre de quien lleva tres procesiones encima.
El ritmo es frenético. Cuélgate el terno, el abrigo de paño o el de pluma, incluso la más pura fibra sintética y no olvides la sonrisa mientras se encadenan cañas y vinos hasta las cuatro de la tarde. Y, sobre todo, no pierdas la compostura. El tour avanza como una etapa reina del Tour de Francia cuya meta es llegar a la mesa. Esta no debe ser un despliegue de abundancia. No: la calidad ha de preceder a la cantidad. Poco, excelente y de nuestra cosecha.
La vuelta a casa a la hora del almuerzo, el repliegue, está reñida con comer como si no hubiera un mañana. Poca cantidad, por deferencia a la cocina, y entregarse al sagrado descanso soñando que nadie moleste. Aquí entra en juego la farmacopea oficial del anfitrión: paracetamol, Lexatin, Orfidal e ibuprofeno para los primerizos. Sin este postre no hay cuerpo que aguante el cambio de tercio.
Tras la siesta, el anfitrión muta. Unos reajustan el nudo de la corbata; otros, con misticismo de alta alcurnia, se enfundan la túnica reglamentaria, pasando de la vida social al recogimiento del caperuz sin despeinarse. Si tu hermano soñaba con que Giorgio Armani le confeccionara la túnica, mala suerte. Es normal sentir pena cuando un deseo así ya no puede cumplirse, aunque seguirá siendo impecable en la calle y en la procesión, más ahora que tiene el corazón puesto al día. Ya no tenemos italiano, pero casi: por su cercanía al Vaticano, Sor Mercedes es una oportunidad. Tal vez no tenga la fama ni el estilo internacional de una casa como Armani, pero posee buen dedal, buen humor y una rotundidad que hacen que su túnica no sea tan «creativa y sobria» como imagina Chagüi, pero sí algo que ninguna gran firma garantiza: afecto y mano divina.
Si nuestros familiares se ponen intensos y suplican ver la procesión de la noche cuando la cosa se pone densa, un buen anfitrión de alta esfera empieza a hablar de lo bien que retransmite 8TV, de cómo Rafa Santiago y Cristina Calvo hacen la espera super agradable. ¿Dónde se va a estar mejor que en casa, calentito, cómodo y sin congelarse en la calle, con las manos heladas y comiendo pipas sin parar para no quedarse sin reservas en la noche zamorana?
Olvida por unos días los ambientadores mikados. Que tu casa huela a cera e incienso, a un estatus que solo el hilo fino puede conferir. Y cuando por fin enfilen la salida de la ciudad, llegue el último día, respira hondo, guarda la cristalería y piensa: «Qué buen anfitrión soy; hasta el año que viene no pienso abrir la puerta a nadie más». Acompáñalos hasta la puerta, incluso hasta el coche, con una sonrisa que diga «os quiero» y unos ojos que susurren «la paz sea con vosotros (y lejos de aquí)».
Ten preparados recursos por si desean prolongar la estancia: «Mañana dará malísimo», «el frío será inusual», «la carretera estará peor», «hoy vais más tranquilos» —aunque no sea cierto—. Indicarles la salida por si acaso. Esa siembra psicológica es persuasiva y no resulta de mala educación.
Llegaremos al último día falto de sueño, agotados de tanto recibir, con las ojeras por el suelo y, por supuesto, sobrados de peso y de cansancio. Que nos quiten lo bailado —o lo procesionado—. Porque en Zamora, ser anfitrión de alta esfera significa terminar la semana con la plata reluciente, el corazón lleno de marchas fúnebres y el cuerpo pidiendo clemencia mientras vemos, con mezcla de amor y alivio, cómo nuestros familiares, amigos y viceversa enfilan por fin el Alto de los Curas. Nosotros nos quedaremos aquí, en silencio, con nuestro peso de más y la satisfacción de haber cumplido con la Corte.
Feliz Cuaresma y Prospera Semana
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